| Juez Carlos Cerda: "No creo que la privación de libertad sea el mejor camino para rehabilitar" |
| Escrito por Equipo Desafío |
| Martes, 12 de Julio de 2011 19:55 |
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Sincero, reflexivo, con una profunda fe en Dios y en el ser humano. Así es el juez Carlos Cerda. ¿Optimista o idealista frente a la esencia del ser humano?, preguntamos. "Yo diría que ese optimismo está iluminado por un idealismo", responde.
Y eso ¿es bueno o malo? ¿Lo ha perjudicado en la vida o no?, seguimos inquiriendo. "Depende de lo que sea considerado bondadoso o maldadoso como resultado. Yo soy feliz hasta el día de hoy por todo lo que me ha dado la vida en el plano profesional (...) aunlo que muchos pudieran ver como negativo, tropiezo o fracaso, yo simplemente lo veo como una consecuencia del privilegio de servir los valores esenciales de la comunidad, oportunidad única (...) cae de lleno en mi concepción de lo que es ser juez"...
"Es cierto que en esa perspectiva está de por medio la fe, infinito don que no todos compartimos -explica el magistrado-. Si uno está consciente de no ser Dios, que por ello necesariamente está lleno de defectos y que, con todo, Dios lo quiere y lo salva, ¿cómo no va a estar absolutamente feliz?". Esa mirada lo ha unido a las personas, entre ellas a las y los reclusos, porque según cuenta, "he tenido el privilegio de ser juez y estar cerca de tanta gente sufriente, entre otras causas por la privación de la libertad, y cuando me he acercado a ellas he encontrado alguna manera de mutuo consuelo, desde la cruz".
Es un convencido de que efectivamente existen la rehabilitación y la posibilidad de reinserción, pero la única forma de hacerlo, dice, es a través de la humanización de la pena, de la dignificación del condenado, sin considerarlo como un paria ni como un enemigo sino como un ser con carencias y necesidades. El acompañamiento para el juez Cerda es primordial, guiarlo y tratarlo de igual a igual, entendiendo que todos los seres humanos tienen defectos.
"No existen las personas malas"
Así de tajante es el juez Carlos Cerda. "La persona en sí misma perversa no existe", afirma, y relata su experiencia al interrogar a tantos inculpados a lo largo de su carrera. "Me ha tocado investigar violaciones gravísimas a los derechos humanos, increíbles, que las personas mientras no las conocen en una investigación judicial no las pueden siquiera imaginar; sus hechores son mirados como verdaderos ‘ogros' (...) y a esa persona uno la interroga y encuentra, como siempre, un ser humano, un hombre que es capaz de tener pena, de llorar, que tiene soberbia, orgullo, sentimientos, que tiene sus necesidades, que en algún momento se proyectó, se desilusionó, se cayó y ha quedado ahí". Y afirma categórico, "es un ser humano siempre. Siempre".
Pero agrega que para encontrar a este ser humano el juez no puede interrogarlo como "el castigador" sino que debe ir como "el servidor": "El que busca con él la paz y el orden, subiéndolo al carro". Cuando se da cuenta de que el juez se acerca con ese espíritu de, junto con él, hacer verdad y aprovechar esa experiencia objetivamente negativa como una de reconstrucción personal, y en ese sentido, de reparación social, tiene muchas posibilidades de caminar hacia allá. A juicio del magistrado, en esa perspectiva no tiene sentido el mero encierro, es decir, la ausencia de políticas verdaderamente rehabilitadoras, la carencia de educación, trabajos manuales, distracciones que enseñen a reír, a estar contento, a crecer.
Suponiendo que esa sea una premisa correcta, ¿quiénes debieran ser los que hubieran de cumplir sus condenas encarcelados? -se pregunta él mismo- "tal vez nada más aquellos que, porque no han tenido la posibilidad de conocer, de rozar las cosas bondadosas, viven en un ambiente de cosas odiosas, aquel que nunca conoció el amor sino sólo el trato con el otro de supremacía, de fuerza, de poder (...) el que no conoce otro roce. Pues el que no tiene conciencia de otro -alteridad- no puede entenderse a sí mismo, y ésta es una cuestión fundamental, dado que para quien no existió esa dimensión de alteridad es muy difícil que haya identidad, conciencia de sí mismo, lo que se troca en merma de la responsabilidad ética, porque no se puede discernir entre lo que es bueno y lo que no lo es". Su única identificación es ser el mejor, el superior, el más fuerte, el capo de lo que sabe hacer, es decir, delinquir". Es un mundo en que los parámetros son distintos.
El magistrado manifiesta creer que en esos casos "debe haber un sistema de manejo de las libertades para ir generando una personalidad responsable que pueda asumir la libertad al momento en que se entienda cumplida la sanción". Y relata un ejemplo: Cuando se creó los penales de Colina I y II se estableció que uno de ellos se caracterizara por darles trabajo a los reos. Industriales debidamente seleccionados se instalaron en galpones dentro del presidio, confiando íntegramente la mano de obra a reclusos que ganan el ingreso mínimo; se les paga un porcentaje y la diferencia va a un ahorro personal obligatorio que les es entregado cuando salen en libertad; tienen cotización previsional y, además, egresan habiendo aprendido un oficio, mueblista, electricista, etc. Durante la reclusión han conservado el contacto íntimo regular con su mujer. Se ha constatado, agrega, que la mantención de la vida afectiva y una jornada laboral aminoran el grado de reincidencia. En el otro penal de Colina, los reclusos están simplemente encerrados, "yo diría como leones". En esta conversación nos damos cuenta de que no sólo falta cambiar la cultura del trato hacia los reos, como sociedad, sino comprometer un alto presupuesto para lograrlo.
Por iniciativa del Gobierno, el Congreso discute un proyecto de ley que establece penas alternativas a la reclusión para casos de incumplimiento de penas de multa (al 29 de diciembre de 2010, 2.648 personas se encontraban en la cárcel por este motivo). Como pena alternativa se propone la prestación de servicios en beneficio de la comunidad. Para el juez Cerda el proyecto va en buen camino, "es tan mala la realidad, que romper la inercia ya es en sí mismo positivo. Proponer algo distinto, de buena fe, es difícil que vaya a redundar en algo peor". Pero es el inicio de un proceso, aunque no implique una reforma cultural propiamente, que es el camino que Carlos Cerda cree que en verdad corresponde buscar. Esa transformación de la sociedad para que llegue a considerar al delincuente como parte de ella, alguien que también tiene derecho, como el que más, a pertenecer y gozar del bien común.
Trato indigno y rehabilitación
¿Por qué como sociedad tratamos de forma tan indigna a los reos?, le preguntamos. "Esta es una realidad universal, la excepción es que haya un trato digno, dignificante -afirma Carlos Cerda-, ¿por qué no hemos tenido conciencia de que esto es algo indebido?" (...) No tengo claridad sobre las causas, pero se confabulan muchos elementos que pudiesen ser motivo de debate".
Y nosotros, los que nada tenemos que ver con la justicia, los chilenos comunes, ¿poseemos alguna responsabilidad en esto?, le preguntamos al juez. Carlos Cerda reflexiona: "(...) que ni el niño errante ni el joven delincuente nos dejen indiferentes; que nos duela el martirio de las rejas. Porque mucho antes de castigar al caído debimos haber evitado que cayera. Porque el suelo en el que yace carece absolutamente de sentido sin la altura. Porque pertenece a Chile, a la humanidad toda...Chile y el mundo se hacen con él".
En cuanto a la real posibilidad que un reo pueda rehabilitarse y reinsertarse en la sociedad, el magistrado es taxativo: "Yo creo en la reinserción siempre, pero ¿es posible la reinserción exclusivamente a base de la limitación total de la libertad? -se pregunta-. ¿Es la privación de libertad el mejor camino para rehabilitar, para reinsertar a los que, de hecho, están marginados del bien común? Podría ser que aquellos que responden a esa suerte de esquema de delincuencia profesional a que antes hicimos referencia, pudieren requerir de un régimen, quizás sólo inicial, de encierro. Tengo para mí que el resto, la masa de transgresores de la ley penal, no califica para un sistema semejante; no creo que el castigo mejor para esas personas hubiese de ser la total privación de su libertad".
Carlos Cerda reflexiona que "el regalo más grande que Dios le puede haber dado a un juez es, justamente, permitirle encontrar en aquellos que son mirados como una lacra social, su gran humanidad. No hay alguien que mata, roba, viola o tortura, que no tenga una explicación (...) y el torturador de la dictadura, ese salvaje torturador bajo formas inconcebibles a la mente, estaba convencido de estar construyendo sociedad, estaba eliminando el marxismo, se sentía auténtico patriota".
Cuenta que "el mismo Pinochet, hasta el final, cuando yo investigaba el caso Riggs, conversando allá en su casa, ya viejito, un hombre bonachón, seguía viéndose como el redentor que había eliminado el marxismo del continente y más allá de Cuba, convencido de que era prácticamente un diosito, un segundo dios". Carlos Cerda logra ver el fondo y la esencia de cada persona, no importando qué delito haya cometido, tan así, que termina esta entrevista confesando: "Yo aprendí a querer a Pinochet".
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