Padre Gerard Ouisse, párroco de La Legua: “La paz se construye con la participación de todos”
Escrito por Equipo Desafío   
Jueves, 21 de Julio de 2011 20:03

alt¿Quién es este sacerdote que en los últimos días ha salido a dar la cara por la población de La Legua ante las autoridades? ¿Por qué ha asumido, a pesar suyo, el papel de portavoz de una comunidad azotada por la violencia, en su lucha para lograr la paz y la unidad? Aquí, su historia y sus razones.

 

Al padre Gerard, o ‘‘padre Gerardo'', como se le conoce en su parroquia deLa Legua, no le gusta dar entrevistas. O más bien, no está acostumbrado. Siempre ha sido de muy bajo perfil, de una vida tranquila y quitada de bulla. Pero aún así, lo convencimos. Con su hablar calmo y reflexivo, nos contó la historia de su lucha por una comunidad  que sufre víctima de la delincuencia y del narcotráfico y por qué, aunque no está acostumbrado a ese tipo de roles, ha asumido la responsabilidad de su portavoz con entereza, valentía y una profunda paz...

 

Proveniente del pueblo francés de Campbon, donde creció en el seno de una familia pobre y campesina, el padre Gerardo lleva casi una década en La Legua. Fiel a su historia y procedencia, ha vivido y trabajado siempre en ambientes sencillos, tanto en su Francia natal como en Chile, desde que llegó al país, en 1986, para hacerse cargo de la parroquia de la población José María Caro. "En mis 45 años de servicio he tratado siempre de vivir lo que llamamos en lenguaje religioso, ‘el misterio de la encarnación'. Vivir en medio de la gente y como la gente. Salvo mi primer año de sacerdocio, nunca he vivido en una casa parroquial, siempre he estado en el barrio. Ahora también es así", cuenta.

 

La relación que tiene el padre con la comunidad de su parroquia, San Cayetano, es muy cercana. "Cuando hay reuniones o misas, lo primero que hago es preguntarle a la gente cómo están. Conversamos mucho, y ellos cuentan su realidad, lo que están viviendo. A partir de eso intento darles un mensaje de esperanza, de alegría, de paz". Fue en una de esas asambleas, a comienzos de año, que se dio la voz de alarma ante la situación de violencia insostenible que se vive en la población y que se ha intensificado en los últimos meses, donde las balaceras son cosa de casi todos los días.

 

"Estábamos en medio de la reunión cuando me llamaron para avisarme que había un muerto en la feria. Otro más. Esto no podía continuar. Teníamos que hacer algo. Pero¿qué? Yo propuse hacer folletos con el mensaje de ‘No a las armas', y colgarlos por todas partes. Pero ellos dijeron que era demasiado peligroso, que podían matarlos si los veían. Entonces propusieron escribir una carta". El padre redactó esa carta retomando las expresiones de la gente, y la firmó en nombre de la comunidad, ya que era arriesgado que todos pusieran sus nombres. Y se la envió al ministro del Interior.

 

El siguiente es un extracto: "Vivimos cada día un ambiente de violencia intolerable.En un contexto de miedo, donde nadie camina por nuestras calles, la costumbre es recorrerlas corriendo para evitar verse atrapado por el fuego cruzado. Muchos niños han dejado de asistir a clases (...). Los vecinos experimentamos la impotencia de vernos obligados a vivir escondidos en nuestras casas mientras los narcotraficantes son dueños de la calle y caminan por ella libremente con armas en la mano. En los últimos 15 días han muerto tres personas y han sido heridas otras tantas. ¿Cuántas personas más sería necesario que murieran para que ello provocara la reacción de las autoridades competentes?Mientras esto ocurre se ha instalado un hábito de silencio de las autoridades y este silencio provoca un sentimiento de abandono e impotencia frente a tanta violencia. Usted sabe que el narcotráfico es un síntoma de una herida social. Probablemente son muchas las deudas pendientes en educación, salud, trabajo y oportunidades que están a la base de esta situación. Pero en lo inmediato se hace imposible atender al pago de esas deudas si es que en nuestras calles no rige la paz de un Estado de Derecho...".

 

La carta concluye: "No nos resignamos a seguir viviendo así, porque La Legua es tierra de lucha y dignidad. Desde nuestra fe en Jesucristo no claudicaremos en la defensa de la vida que se nos ha confiado". Fue entonces que comenzaron el ajetreo, las llamadas de la prensa, las peticiones de entrevistas, y el nombre del anónimo padre Gerardo saltó a los diarios.

 

-¿Cómo se siente al ser el portavoz de una comunidad?

-No tengo la costumbre de serlo... a lo largo de mi vida nunca lo había hecho. No es mi vocación, por eso me sorprendió un poco la reacción que tuvo esta carta. Estoy con protección policial y la prensa me ha llamado mucho. Tuve que asumir algunas responsabilidades, pero si lo hago, es porque detrás hay una comunidad. Siempre hablé en el nombre de la comunidad. Para mí es difícil, pero tenía que hacerlo, tenía que tomar en cuenta la situación de los que están con peligro de muerte, con un miedo tremendo... Acá muchas veces la gente no puede venir a misa porque hay balacera. No podemos continuar así. Y, gracias a Dios, yo me siento muy apoyado por la comunidad en este intento.

 

-¿Cómo es su relación con la gente de La Legua?

-Para mí vivir en La Legua ha sido mirar a Cristo. Yo me enamoré de esta gente. Son muy cariñosos, muy acogedores. Pero ellos no te regalan nada. No porque seas sacerdote te van a dar regalías. Ellos esperan que tú seas coherente y no puedes tener dos estandartes. He pasado momentos muy difíciles también, pero a pesar de todo me quedé fiel a ellos y a mi fe en Jesucristo. Tratando de vivir lo que vivía Jesús. El Evangelio dice: ‘‘Jesús vio''. Y yo me pregunto, ¿cómo miraba Jesús a la gente? Eso trato de hacer. Miro, observo; sus caras, sus expresiones... lo que viven en el día a día.

 

-¿Y qué es lo que ha visto?

-En La Legua la gente tiene una identidad muy marcada. Son una comunidad muy fuerte, que ha luchado toda su vida por la edificación de la población. A pesar de la pobreza y la miseria, lucharon para tener electricidad, alcantarillado... Pero me han llamado siempre la atención los niños que no van a la escuela, los jóvenes que se pasean de una esquina a la otra, sin rumbo. Yo vivo en medio de eso, y soy el sacerdote de todos, sin excepción. De la población católica, pero también de los narcos, de los delincuentes. Si fallece uno de ellos, en la pelea o como sea, yo voy a su casa y hago el responso si me lo piden. Y terminamos,siempre, dándonos la paz.

 

-¿Cómo se puede cambiar la situación en La Legua?

-La solución no es la represión. Tiene que haber un proyecto social a largo plazo. No se puede decidir en las oficinas, las autoridades deben escuchar a la gente, y decidir con ellos lo que tienen que hacer. Si se limitan a la represión, van a fracasar. Si no toman en cuenta lo que piensa la gente, van a fracasar. Creo que como pastor era mi papel recordarles a las autoridades que no podemos construir la paz imponiendo algo de afuera. No. La paz se construye con la participación de todos. La paz se construye también con el perdón. Para mí, vivir el perdón es aceptarnos, encontrarnos con opiniones diferentes, con historias diferentes. Vivir el perdón para mí es aceptar al otro como es. No basta con decirlo. Escuchar, sin juzgar. Eso es vivir el perdón.

 

-Se hace necesario un trabajo en unión...

-Sí, porque con una comunidad involucrada podremos construir una Legua diferente. En Chile no podemos continuar viviendo en una sociedad con tanto rechazo, desprecio, estigmatización. Nos encerraron en un ghetto y tenemos que derribar los muros. El problema que padece La Legua es un problema de muchas poblaciones en Chile. Es un problema del tipo de sociedad que estamos construyendo. La solución no va a venir con más carabineros, más represión ni más cárcel. Si hay armas es porque hay droga. Si hay droga es porque los narcotraficantes encontraron un terreno favorable a la venta. Si no atacamos la causa de la pobreza; la vivienda, la educación... nunca vamos a salir adelante.

 

Desde siempre, cerca de la gente

 

-¿Por qué decidió ser sacerdote?

-Me tocó verlo de cerca en mi familia. Soy el penúltimo de nueve hermanos, y el mayor era sacerdote. Desde que yo tenía unos siete u ocho años veía pasarfrecuentementepor la casa jóvenes sacerdotes y seminaristas, amigos de mi hermano. Y recuerdo quelo que más me llamaba la atención era su gran alegría. Me daban ganas de ser como ellos. A los once años ya había entrado al seminario menor de la diócesis de Nantes. Después siguió el seminario mayor, y alos 27 fui ordenado sacerdote.

 

-¿Cuáles fueron sus primeras actividades como sacerdote?

-Mi obispo me mandócomo vicario a una parroquia cerca de Nantes, en un lugar muy pobre, donde la mayoría de la gente era obrera. Un año después me pidió dejar la casa parroquialpara ir a vivir en el barrio. Estuve tres años viviendo en una mediagua, en medio de la gente.Después, en la década delos 60, y luego del Concilio Vaticano II, se tomó la decisión por parte de la Iglesia local de enviara dos sacerdotes a trabajar en la empresa, como obreros. La idea era lograr acercarse a la gente, desde la experimentación de sus condiciones de vida y realidad. Se hizo una votación para elegir a quienes debían tomar esa tarea, y fui designado. Entonces debí dejar la parroquia y partir a tocar la puerta de las empresas, buscando trabajo, como cualquier desempleado. Tenía 30 años cuando ingresé a trabajar en una empresa de metalurgia y construcción.

 

-¿Cómo fue esa experiencia?

-Tuve que aprender la profesión de fresador, que consiste en manejar una máquina que realiza cortes en fierro. Fue un trabajo muy interesante para mí. Al optar por vivir en la condición obrera, yo tenía que vivir como ellos y pude conocerlos bien. También las condiciones de trabajo. Rápidamente entré en un sindicato, y empecé a asumir responsabilidades para intentar mejorar las condiciones de trabajo. Estuve quince años en la misma empresa. Hasta que me vine a Chile.

 

-¿Por qué se fue de Francia?

-En las reuniones que teníamos a nivel país con los otros sacerdotes obreros, para compartir nuestras vivencias, conocí a sacerdotes que trabajabanen el Tercer Mundo y me interesó mucho lo que contaban,sus experiencias... y quise ir.

 

La historia de la vida del padre Gerardo ha sido una historia de servicio, desde una profunda y esencial cercanía con la gente, que lo ha llevado por varias comunidades hasta llegar a Chile, y a su actual y querida población de La Legua, de la cual no pretende irse, y donde tiene puestas todas sus esperanzas.