| Walter Vásquez: Cuando se elige la rehabilitación |
| Escrito por Equipo Desafío |
| Miércoles, 24 de Agosto de 2011 15:51 |
|
Salió del mundo de la delincuencia tal como entró. Por su decisión. Siendo un niño optó por la droga y el robo como maneras de escapar a una infancia marcada por carencias, abandono y soledad. Estuvo varios años preso, fue lanza en Argentina y Europa, las vivió todas en el oscuro camino de la clandestinidad. Ya no quiere más. Tiene dos hijas a quienes adora, y por ellas ha decidido cambiar. Hace cinco años que no roba ni se droga. Pero siente el peso de su pasado sobre su cuerpo y su salud, y agradece el tener la oportunidad de enmendar los errores cometidos. Hoy trabaja y tiene sueños de futuro.
La vida de Walter Vásquez ha sido dura. Gran parte de ella al margen de la ley, sumergido en el sórdido ambiente de las drogas y la delincuencia, y con varios años tras las rejas. Desde su temprana infancia en la población San Gregorio, de La Granja, supo lo que es el abandono. Tenía ocho años cuando sus padres lo dejaron a él y a su hermano menor, Ronald, de seis, al cuidado de sus abuelos.
“Mi abuela trabajaba como asesora del hogar puertas adentro, no estaba nunca en la casa, y mi abuelo tomaba todo el día. A veces en las mañanas iba a trabajar a la feria. Yo lo acompañaba, y fue ahí donde a los nueve o diez años empecé a robar. Me metía gateando entre los cajones de fruta, y les sacaba plata de las cajas a los viejos…”, cuenta. Después le enseñó a su hermano a hacer lo mismo. “Era para comprarnos cosas que queríamos y no podíamos, porque mi abuelo se tomaba toda la plata…”.
Poco después empezó aprobar con drogas. “Lo hacía para escapar, para no sentir nada”. Aspiraba neoprén, fumaba lo que hubiera, tomaba. Entró en el círculo vicioso de la droga y el robo. Comenzó a caer detenido y a ser llevado a correccionales. Un día, cuando los dos hermanos volvían a la casa después de clases, los carabineros los estaban esperando para llevarlos a un hogar de menores, por petición de sus padres. “No nos gustó estar encerrados. Fue una mala influencia, porque había cabros malos ahí adentro, mayores, y uno aprendía esas cosas…”, recuerda Walter. Estuvieron cerca de dos meses en ese hogar del barrio República. Hasta que un día llegaron sus abuelos a pedir su custodia y el Juzgado de Menores accedió a darles la tutela de los niños, para que estuvieran con su familia y siguieran yendo al colegio.
Pero Walter más que al colegio volvió a la calle. “Yo pasaba mucho tiempo solo, nadie me mandaba. Me drogaba, hacía lo que quería”. Cuando terminó octavo básico decidió no ir más al colegio. De a poco se fue formando una pandilla en el barrio, en torno a los hermanos Vásquez. “Como nos veían con plata, los amigos y otros cabros se empezaron a acercar. Llegamos a ser como 15, y salíamos todos a robar. Nos decían ‘los de la banca’, porque con un tronco grande que recogimos hicimos una banqueta que pusimos afuera de la casa, donde siempre nos juntábamos”, cuenta.
El pequeño niño que les sacabalas monedas a los locatarios de la Vega Central se había convertido para entonces en lanza profesional. Todo un líder negativo, que inició a varios otros en esas andanzas, y que pasaba meses en la calle, sin volver a su casa, durmiendo debajo de los puentes y en las caletas de Plaza Italia. Antes de cumplir los 18 años había pasado por todos los hogares de menores y correccionalesde Santiago. También por Illapel y Valparaíso.
Lanza internacional
Cuando tenía quince años, Walter cruzó ilegalmente a Argentina, escondido en el maletero de un bus. Estuvo alrededor de un año en Buenos Aires, viviendo en villas marginales y haciendo eso a lo que se había acostumbrado: robar. “Era mi modo de vida, lo que sabía hacer”, dice. Hasta que fue detenido por robarle a un turista, y enviado a una casa correccional local. Cuando salió se fue junto a un grupo de conocidos a Brasil, donde estuvieron alrededor de un mes codeándose con la mafia y el narcotráfico de las favelas de Río de Janeiro.
Tenía 17 años cuando volvió a Santiago, donde a falta de un mejor prospecto siguió robando. Al poco tiempo lo pillaron y tuvo su primera gran condena: cinco años y un día en la Penitenciaría. Salió a los 22. Por ese entonces, su hermano Ronald tuvo un accidente. Un vehículo lo atropelló y lo mató, poco después de que se hubiera arrancado de la cárcel de menores de Puente Alto. Walter volvió a caer. Tres años más en la cárcel de San Miguel. El día que terminó su condena le llegó un pasaje desde Europa. Se lo enviaban algunos de sus antiguos compañeros, que lo estaban invitando a irse para allá a ‘trabajar’ con ellos.
Walter tomó el avión. En Milán se reunió con sus compañeros chilenos. Estuvo seis meses en Italia, hasta que lo pillaron lanceando. Le dieron dos meses de presidio. Cuando salió libre se fue a robar a otros países: Bélgica, Holanda, Suiza. Ahí también supo de cárceles. Dos años después había juntado dinero, echaba de menos e impulsado por el frío del invierno europeo decidió volver a Chile. Tenía 26 años. Pero siguió en las mismas. Lo reconoce con franqueza: “Me gustaba salir a robar, yo a veces tenía plata y salía igual. Por la adrenalina”. Así continuó en su recorrido carcelario, ahora por Colina I y II, nuevamente la cárcel de San Miguel y la de Puente Alto.
Su experiencia privado de libertad fue difícil. Sólo él sabe por qué entonces reincidía una y otra vez. Reconoce que no era un reo fácil, y que estuvo varias veces metido en peleas de pandillas, motines y desórdenes. “Una vez me atravesaron un punzón en una pierna –la razón de su leve cojeo–, otra vez me dieron una puñalada en el cuello…”. En su opinión experta, las cárceles chilenas son peores que las europeas. “Aquí se ve miseria, masacre y abuso de poder. Hay mucha violencia y cizaña por parte de los gendarmes. Allá no… aunque te discriminan por no ser local, nadie se mete contigo. Todos los reos tienen su cama y buena comida. Hubo una, eso sí, en Ámsterdam, donde todo era de cemento, mesas, sillas, y ¡cama de cemento! A las seis de la mañana nos despertaban con marchas militares a todo volumen encima de nuestras cabezas”, recuerda.
El camino de la rehabilitación
Walter conoce a Paola, su actual esposa, desde siempre. Vivían en el mismo pasaje y le gustaba desde que eran chicos. Nunca se había atrevido a hablarle, hasta cuando volvió de Europa. Al poco tiempo empezaron a pololear. Hoy están casados, y tienen dos hijas, Génesis (13) y Millaray (7).
“Cuando nació la mayor yo seguía robando. Pero empecé de a poco a darme cuenta de otras cosas. Cuando caía preso y ellas me iban a ver, no me gustaba que las revisaran al entrar… el trato que les daban. Cuando Génesis tenía cinco años me dijo que no quería ir a verme más a la cárcel, porque no le gustaba ese lugar. Me di cuenta de que uno tiene que darle otro ritmo a su vida si quiere ver a sus hijos crecer”, dice Walter con convicción.
Cuando decidió cambiar, lo primero que hizo fue vender en la feria, luego trabajó en una empresa de aseo de vías públicas en Las Condes. “Estuve un año en eso, pero cuando veía la oportunidad, igual robaba”. Hasta que un día, en 2002, se encontró con el alcalde de La Granja. “Él me ubicaba porque conocía a mi mamá. Le dije que quería trabajar, que deseaba rehabilitarme. Él me citó al parque Brasil y me pusieron al tiro a trabajar en mantención de áreas verdes. Ahí aprendí de jardinería. Me gustó mucho”.
Walter estaba trabajando legalmente hacía tres años cuando llegaron a buscarlo para llevarlo a cumplir una condena que tenía pendiente. “Ya me estaba rehabilitando. Pero tenía que cumplirla”. Fueron dos años más. Pero esa última experiencia en la cárcel fue diferente a las anteriores. “Yo creo que con el tiempo y la edad, con todo lo vivido, me he puesto más sensible. Participé en el taller de literatura, era el encargado de la biblioteca, tuve buena conducta. Antes siempre fui un reo conflictivo”. Por esos días, unos vecinos le dijeron a su hija Génesis que Walter era un ‘‘bandido’’. “Ella me lo dijo y a mí me afectó porque no quiero que ellas vean ese aspecto de mi vida. Génesis me volvió a decir clarito: ‘papá, yo no quiero verte más preso’. Le prometí que no iba a robar más. Por eso estoy poniéndole empeño. No quiero dejarlas solas, quiero tirar para arriba con ellas. Aunque me cueste”.
Al salir, volvió a su empleo en los jardines del parque Brasil, donde ya lleva más de dos años laborando cuatro días a la semana. Le gusta lo que hace. “Me relajo regando, trabajando con la tierra y con las plantas. Me gusta tener mi espacio, trabajar tranquilo. Y he aprendido harto”. Se ganó un proyecto FOSIS y otro del Patronato de Reos, que le sirvió para comprar sus propias herramientas: tijeras, cortadoras, orilladoras, para poder hacer “pitutos”. “Me gustaría llegar a tener una microempresa de jardinería. Esa es mi meta. Quiero que mis hijas tengan buenos estudios. Deseo que sean profesionales, no importa que nos tengamos que esforzar. Ya que uno no lo pudo ser, que ellas lo sean”, dice esperanzado.
Por eso ahora está buscando mayor estabilidad laboral, postulando a nuevas oportunidades, con un mejor sueldo e imposiciones. “Quiero llegar a viejo tranquilo. He tenido una vida ajetreada y todo eso me pasa la cuenta, pero doy gracias a Dios porque estoy aquí, y porque puedo seguir luchando”.
Walter cree sinceramente que está rehabilitado. “Me doy cuenta porque he tenido varias posibilidades de reincidir, de vender droga, de irme a Europa de nuevo a robar, y he dicho que no. Porque no quiero. Ahora no me dan ganas. La última vez que salí de la cárcel mis compadres me mandaron otro pasaje a Europa. Yo se lo mostré a mi señora, y le dije que no me interesaba ir. Ella me dijo, ‘trabaja no más’, y sí poh, eso es lo que estoy haciendo, porque quiero estar con mis hijas. Prefiero tener el refrigerador pelado, pero estar los cuatro juntos”.
Cuando dejó de robar les contó a sus amigos. Al principio no le creyeron. “Uno me preguntó ¿por qué? Yo les dijepor que no quiero robar más, quiero estar con mi familia, y además lo he pasado mal. He estado a punto de morir varias veces, y esa no es vida. Ellos respetaron mi decisión. Aunque somos criados juntos desde cabros chicos y yo los saqué a robar a ellos. Ahora yo me salí y ellos siguen”. Este ex líder negativo ha despertado y ahora, con su decisión y motivación, está siendo todo lo contrario: un buen ejemplo para sus amigos. Con el apoyo de su señora, sus hijas, y de los sicólogos del Patronato de Reos, Walter se cree capaz. Y ciertamente se merece una oportunidad.
|