| Figue Diel: Mirar de otra manera |
| Escrito por Mariella Rossi |
| Viernes, 25 de Noviembre de 2011 13:15 |
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Figue es ciego. Perdió la vista cuando tenía 16 años. Paradójicamente asegura que ve mejor que muchos que pasan por la vida con todos sus sentidos, que caminan por la playa, por las montañas y el bosque, pero que están tan absorbidos que no son capaces de apreciar el mar, disfrutar de las olas, del cielo azul, de la arena, de maravillarse con los colores de la puesta de sol.
Él está seguro de que ve con los ojos del corazón y por lo tanto hay profundidad y goce en su mirada. “Conozco a mucha gente que camina por el mundo y, teniendo ojos, se pierden el maravilloso espectáculo de la vida. Yo no quería perdérmelo, por eso que aprendí a mirar de otra manera”, asegura.
La curiosidad me llevó a mí a querer entender cómo lo hacía Figue. Fui a la playa, me saqué las zapatillas y comencé a caminar con los ojos cerrados por la orilla. Primero me desequilibré, al rato me desorienté y, finalmente, terminé pensando que en cualquier minuto una gran ola me iba a llevar mar adentro. Entendí entonces lo que durante nuestra entrevista Figue repitió casi majaderamente: “Las limitaciones no están afuera, están adentro de nosotros mismos”. Él no sólo camina por la playa, sino que se sumerge en las olas y con su tabla, las surfea...
Y eso no es todo, también hace escalada y asegura que los obstáculos no los pone la montaña sino que nosotros mismos: “Voy con un amigo que va asegurando las cuerdas, yo sigo la huella y luego voy limpiando las protecciones y dejando libre el camino. Es una gran experiencia”…
–¿No te parece mucho? –le pregunto mientras nos cuenta que está lesionado de la rodilla porque el fin de semana tomó mal una ola.
–No me da miedo hacer surf, un accidente que le puede pasar a cualquiera, cuando el mar está muy grande siento un poco de temor, pero me gustan los desafíos, la adrenalina me despierta… La limitación está adentro, no afuera.
Pero la vida de Figue no siempre fue así. Nació en Santa Rosa, Río Grande du Sul, en una mañana del año 1973 y desde ese mismo instante su historia se iría tejiendo en torno a los deportes. Eran los años 70 cuando Elías Figueroa, nuestro gran Elías, debutaba en el Porto Alegre, siendo el ídolo del momento. Joao Diel, padre de Figue, decidió entonces llamarle Ricardo Elías, en honor al futbolista chileno… Todos bromeaban y preguntaban por la criatura diciendo: ¿cómo está Figueroa? ¿qué cuenta tu futbolista? ¿cómo se porta Figueroa? De tanto escuchar esto, Claudio, su hermano, empezó a llamarle Figue y así quedó para siempre.
Ese apodo quizá selló, en alguna parte de él, ese amor por el deporte. Si bien no eligió finalmente el fútbol, Figue desde niño se interesó por distintas disciplinas y fue el surf una de sus favoritas y la que lo consagró como campeón los años 88, 89 y 90. Su talento era indiscutible y su futuro promisorio; era calificado por los entendidos como una gran promesa. Pero, una tarde después de su habitual práctica, salió con un amigo y el Volkswagen escarabajo en que iban perdió el control y Figue salió disparado por la ventana. Sus ojos se llenaron de vidrios y nunca más volvió a ver.
La oscuridad ocupó todos los espacios de su cuerpo, pero también de su alma. Se preguntaba sin cesar por qué, para qué. Quería responderse por qué él tenía que estar tirado en la cama mientras todos sus amigos seguían haciendo sus actividades normales, yendo a la playa, haciendo surf y viviendo como siempre.
La vitalidad de Figue se fue apagando y se consumió en el dolor profundo, sin sospechar que aquello que lo marcó desde su bautizo también sería lo que lo haría renacer. Fue el deporte lo que en definitiva lo despertó de su pesadilla. “Yo tuve un accidente a los 16 años, amaba el mar, era mi vida y sentía que no podía disfrutarlo ni regresar allí. Después de un tiempo algunos amigos me invitaron a escalar y pensé que era una forma de reconectarme con ellos, y comenzamos a subir cerros y me di cuenta de que en esa experiencia la mente es nuestro peor obstáculo, mucho más allá de los obstáculos que nos pone la propia montaña. Luego alguien mencionó el yoga y pensé que podía ayudarme con esa mente que me obstaculizaba y después de 4 años de práctica me empecé a interesar en la meditación”.
Hoy su vida parece envidiable. Vive al frente de Praia Brava en Itajaí, una ciudad vecina a Camboriú, en el estado de Santa Catarina. Todas las mañanas se levanta, medita y luego hace su práctica de yoga. De ahí toma a su perra Winter, una labradora especialmente entrenada, y se va al mar a gozar de las olas con su tabla de surf. La jornada de la tarde la tiene reservada para su escuela de yoga, que se conecta a su casa por una puerta pequeña. En ella hace clases también para los no videntes. Ha viajado a varias partes del mundo. Hace poco estuvo en India para profundizar su conocimiento del yoga, y en Chile, invitado por Gustavo Ponce, instructor y gran amigo, fundador del Yogashala, donde justamente lo entrevistamos en su última visita el mes de junio.
Pero la vida que hoy lleva Figue no es un regalo, sino que una conquista que ha logrado de la mano de la disciplina, el tesón y sobre todo de su irrenunciable y contagioso amor por vivir:
Figue, ¿por qué decidiste volver a la vida? Yo no quería perder la oportunidad, presentía que tenía la obligación por todos los que me amaban de seguir adelante. Entonces decidí vivir la vida como me tocara, como fuera, por muy dura, porque igual era un gran regalo. Esto me pasó por algo y tenía que descubrir cuál era ese motivo. Volví a la vida por la fe.
¿Y cuál es tu fe? ¿En qué crees? Creo en Dios, en la belleza de la vida, en la perfección de la naturaleza –y Chile en eso es un país muy privilegiado–. Yo puedo percibir esa belleza y me siento en paz en medio de ella y percibo a Dios como creador de todo esto.
Tengo mi propia forma, mi propia religiosidad, sin nombres, sin adjetivos. Yo creo en Cristo y en su mensaje, en todo lo que Él nos muestra. Creo en el amor de María como madre protectora. Todas las religiones tienen una misma verdad de fondo: el amor, por lo tanto no es relevante cuál religión profeses.
¿Y cómo se manifiesta esta fe en el día a día? La práctica religiosa no está separada de la vida. Ahora, en este momento que estamos conversando, yo estoy haciendo una práctica religiosa, también la hago cuando estoy con Johana, mi hija de 6 años, y cuando estoy con mis amigos. Tenemos que poner esa intención para todos los momentos de la vida, no sólo para aquellos cuando estamos en un templo, en la iglesia.
Esta práctica me conecta a mí con la paz, con el respecto por las diferencias. Creo que es muy falso un bello discurso de religiosidad y luego estar enrabiado o dividido por una diferencia física, social, cultural, etc. Para eso es necesario entender el concepto de igualdad de que al final somos todos uno. Parecemos diferentes, pero en la esencia somos lo mismo. ¿Qué les dices a las personas que pierden la fe en la vida?
Yo hago un trabajo voluntario con los no videntes y les doy clases de yoga y ha sido una experiencia increíble, porque la limitación física que nosotros tenemos es de verdad grave, pero yo pienso que lo que nos daña es otra limitación, aquella que nos impide relacionarnos y nos hace no amar la vida, no sentirnos capaces.
Hay muchas virtudes, capacidades y habilidades que tenemos que sacar de nuestro interior, pero para eso tenemos que borrar la sensación de sentirnos limitados. Nuestra naturaleza de ser es pura felicidad.
¿Qué significó tu encuentro con el yoga? Empecé en el yoga como un deporte, pero no importa la puerta de entrada que tengas, lo importante es lo que viene después y la transformación a la que te sometes. El yoga nos transforma en una persona mejor. Puedes ser un católico mejor, un musulmán mejor, un budista mejor. Yo creo en Cristo y eso está en mi corazón, pero respeto a aquellos que tienen afinidad con Ghanesa o Shiva. Todos tenemos una misma verdad, pero es fundamental aceptar las diferencias.
Actualmente practico yoga todos los días, porque es necesario construir una disciplina. A través de ella podemos transformar nuestros condicionamientos, sin esta disciplina no tenemos cómo tranquilizar la mente. La primera tarea es estabilizar el cuerpo.
Y cuando estás cansado, aburrido, sin ganas, ¿qué haces? A veces me aburro, es cierto. A veces no tengo tantas ganas, pero la mente es la que no tiene ganas, porque el cuerpo siempre se beneficia, entonces la idea es poder cambiar ese pensamiento. Sin duda que es importante observarse y percibir cómo uno está antes de empezar la práctica. De esta manera, aquellas veces que estoy más flojo hago una rutina simple y suave.
No debemos olvidar que la mente puede ser el peor enemigo, no hay de verdad nada peor. Por eso que tenemos que tener una mente amiga. Si yo creo que esta práctica me trae una vida mejor, con más energía, con más unión, entonces tengo que ser fiel a ella a pesar de que mi mente me diga lo contrario.
¿Cómo aprendiste a mirar de otra manera? Yo no puedo ver, pero puedo sentir, puedo respirar, puedo mirar con la conciencia porque muchas personas tienen los ojos abiertos y no ven. Entonces mirar con el corazón y con la conciencia es mucho más importante que hacerlo con los ojos. Mi accidente me trajo la posibilidad de ver de otro forma, no necesitaba haber pasado por todo esto, pero tengo que reconocer que ese fue el regalo que me dio.
¿Sientes miedo? Sí, siento miedo cuando me aparto de Dios. Cuando me desconecto de mi fe, de la fuente, cuando estoy identificado con la vida. Siento miedo cuando mi mente está demasiado conectada a los problemas de la vida, al quehacer cotidiano, cuando los pensamientos me toman, cuando los obstáculos y dificultades se apoderan de mi mente. Entonces siento miedo.
¿Cómo haces para no desconectarte, cuando la mente te toma? Yo entré al yoga como un deporte, pero fue una excusa para descubrir un mundo más allá. Demoré mucho tiempo en empezar a meditar. Si tenemos el cuerpo como una barrera, la meditación se torna algo irritante, en algo tedioso, terrible. Necesitamos prepararnos, tener un cuerpo estable, firme y armónico que no nos duela. Entonces cuando eso sucede yo me puedo sentar por mucho rato a meditar o a orar y puedo concentrarme. Todas las herramientas del yoga me ayudan a conectarme, a no perderme, a apaciguar la mente.
¿Has descubierto finalmente algún sentido en todo esto que te ha tocado vivir? Yo no vivo resignado y no pierdo la esperanza de recobrar la vista, quién sabe si algún día los avances médicos me la pueden devolver. Yo siento que perdí autonomía, independencia para moverme, perdí de poder mirar la belleza de la vida, de las personas, de mi hija, de mi enamorada, de mi familia, de la naturaleza. Gané amor por la vida, por todo lo que nos regala. Las personas tiene curiosidad de saber cómo puedo tener ganas de vivir sin poder mirar y mi misión es despertar en ellas el amor por la vida, por las cosas que tienen; motivarlos para que se abran a la belleza, a disfrutar de lo que la naturaleza les ofrece y lo que la vida les entrega, sin quejarse tanto por pequeñas cosas. Todo es impermanente, si hay un problema hoy, quizá este problema no estaba ayer y tal vez tampoco esté mañana.
Una clase de yoga
Puse mi mat en el suelo y me senté. Algo de nerviosismo e intranquilidad rondaba por mi mente. ¿Qué tan exigente sería la práctica? ¿Entendería las instrucciones del profesor? ¿Cómo podríamos ser liderados por un profesor que no podía ver nuestras posturas y mucho menos corregirlas?
Las dudas se disiparon cuando Figue entró a la sala y con una humildad tremenda saludó con ternura y preguntó cuánta gente había y cómo teníamos instalado nuestros mat… Comenzó la clase y fuimos entrando de a poco. Figue no es un profesor silencioso. Por el contrario, comenta, habla y reflexiona durante la clase. Explica el sentido de la postura y las sensaciones físicas que van asociadas. “La mente te quiere sacar de la postura, respira y permanece”.
Muestra cada una de las posturas, va guiando a los practicantes permanentemente en la respiración y con gran sigilosidad se pasea por la sala, se instala al lado de los alumnos y casi al oído los corrige. “Inhala, exhala. Levanta los ísquiones, baja los hombros, rotación anterior de pelvis”, esas tres instrucciones precisas me hacían saber que con sólo tocar cuidadosamente mi espalda podía percibir qué cosas mejorar de mi postura.
La clase pasa muy rápido, más de lo habitual, quizá por la curiosidad que genera, quizá por el ritmo que de a poco va tomando… Es el final y yo siento que el nerviosismo ha desaparecido por completo. La sensación de fondo es de una inmensa paz, siento un dejo de tristeza al tener que decirle adiós a Figue y a esa gran experiencia. |