Sociedad Civil Organizada: Profesionalizándose sin extraviar la mística
Escrito por Juan Pablo Ramírez   
Sábado, 20 de Diciembre de 2008 02:33
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La sociedad civil organizada ha crecido exponencialmente en Chile durante los últimos años, validándose como un importante referente de la ciudadanía y como un puente confiable entre los diferentes actores sociales. alt

Pero, ¿cuál es el foco y las limitaciones del llamado Tercer Sector, y cuál es su verdadera capacidad para generar adhesiones? Conversamos con figuras relevantes de dicha comunidad y la voz es unánime: las organizaciones civiles representan una verdadera bisagra en el mundo de hoy, que busca evolucionar, sin perder eso que las
diferencia.  

En su informe, el Estudio  Comparativo del Sector sin Fines de Lucro (ESFL), realizado conjuntamente por la Universidad Johns Hopkins, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Consultora Focus, concluía que Chile es uno de los países con mayor potencia a nivel de organizaciones civiles en Latinoamérica.

Pero, ¿qué significa esto?, que en nuestro país las organizaciones civiles se han multiplicado como en pocas naciones. Ya sea por hacerse cargo de vacíos no contemplados por el sector público y privado, o por la necesidad de innovar y acercar mundos, la ciudadanía en las últimas dos décadas dio un paso importante hacia la modernidad desde la colaboración conjunta y la creación de múltiples colectividades -más de cien mil- entre corporaciones, sindicatos, fundaciones y las llamadas organizaciones no-gubernamentales.

Así se forjó un camino que ha empoderado a la ciudadanía y que a la vez genera una adhesión única, distinta a las del mundo público y el privado, la misma que se ha puesto a prueba en la agenda actual; pues, proporcionalmente
a su crecimiento, hoy a las denominadas organizaciones de base se les exige más que en los noventas.

 

 Un sector dinámico

 Sólo para graficar, el sector sin fines de lucro en Chile reporta más de 160 mil empleos, lo que se suma a los más de 140 mil voluntarios que integra, lo cual lo posiciona como un actor relevante en el país. En otras palabras, la sociedad civil chilena emplea a más de tres veces el personal del sector minero (1,3%), a dos tercios del empleo de la construcción (8,1%), o si expresamos el tamaño en términos de gasto, las instituciones sin fines de lucro representan un 1,5% del PIB.

 

Mientras en países como Francia, Alemania y Estados Unidos estas organizaciones se han transformado en voces autorizadas a la hora de evaluar toda clase de leyes, fiscalizar al Gobierno y a privados -teniendo en Greenpeace a uno de sus más importantes referentes- Chile ha seguido esa senda, como puede verse en el caso de María Ayuda respecto del debate y la preocupación sobre el maltrato infantil.

Francisco Petour, Gerente General de María Ayuda, destaca el alto nivel de profesionalismo alcanzado por muchas de estas organizaciones, pero a su vez señala que la materia pendiente tiene que ver con las dificultades que aún existen para medir resultados: “Es algo en lo que debemos progresar mucho en este próximo tiempo”. Por su parte, María Inés Ross, Directora Estratégica de una de las corporaciones sociales más antiguas de Chile, la Protectora de la Infancia, corrobora el desafío ante el cual se encuentran hoy: “es un camino lento, pero necesario. Acá conoces gente muy comprometida, con gran vocación de servicio, donde el aporte real de algunas organizaciones es hacerse cargo de situaciones profesionales y personales de desarrollo, apoyo y contención, donde no existen servicios. Otras, han visibilizado temáticas en las cuales Chile no tenía prestaciones
y se han hecho imprescindibles para el país”.

María Inés señala que este es un sector al cual le falta mejorar sus estándares de calidad, pues aún hay “muchas organizaciones que optan por muchos servicios”, pero a la vez cree que este espacio se ha transformado en un complemento del sector  privado y público, “apostando al desarrollo, a las metas y los resultados, incorporando los avances científicos y técnicos en sus servicios”.

La parte negativa, según la profesional, es que muchas de estas organizaciones de base aún son poco resolutivas, y se toman demasiado tiempo para la toma de decisiones y las acciones, pero a su vez, se basan mayormente en el diálogo y en crear lazos de mayor sinergia: “creo que es muy necesario para el país que fortalezcamos las relaciones entre los diferentes actores, y desmitificar que estas organizaciones buscan servir sólo a los que tienen cerca. En la década de los 90 se crearon fundaciones con foco político, lo que está bien, pero no hay que confundirlas con aquellas que se han creado para dar un servicio al país, sin una mirada política”.

“No hay misiones malas, sólo organizaciones que por diversas razones son mal gestionadas y no aportan”, advierte Ana María Phillipi, de la Fundación de Vida Rural de la Pontificia Universidad Católica, quien explica que el aporte que cada una de estas organizaciones brinda, depende de la misión establecida y de su capacidad real
de cumplirla.

Una mirada similar posee el Padre José María Arnaiz, de la Congregación Marianista, quien le adjudica un gran protagonismo a las organizaciones civiles en el desarrollo del país: “Claro, pero con un carácter un tanto subterráneo. La victoria es de los vencidos, de quienes entienden el sentido de permanecer más allá de las dificultades. Creo que los signos de vitalidad del país podemos notarlos en esta clase de agrupaciones.”

Con más de 45 años en Chile, el rector de la Residencia Universitaria Cardenal Caro hoy está organizando un seminario que pretende instalar la discusión sobre la necesidad de confiar, un tema que vincula directamente al desarrollo de este rubro: “Queremos poner en la agenda del país el tema de la confianza. Nuestras relaciones muchas veces están marcadas por la sospecha.

No hay nada como caminar de a dos, agruparse y confiar. Es un desafío, y a la vez un signo de vitalidad. Vivimos en un país donde no se practica la confianza, pero que tiene suficientes argumentos como para llevarla a cabo.”