¿Dónde están las llaves de mi prisión?
Viernes, 10 de Junio de 2011 15:26

altVivimos la vida presos en celdas transparentes. Pasamos atados a nuestros miedos, a la imagen de lo que somos, a las cosas que tenemos... Nos hemos construido celdas que nos limitan y nos hemos habituado a vivir en lo angosto de nuestro encierro. La libertad es nuestra esencia y podemos experimentarla en tanto encontremos las llaves de nuestra propia prisión.

 

Existe un conocido método para entrenar a los elefantes en los circos: cuando el animal es muy pequeño, se ata su pata a una estaca con una cuerda delgada, entonces el elefante no tiene la fuerza de romper la cuerda o derribar el poste. Lo intenta por un tiempo y finalmente se da por vencido. Cuando crece, ni la cuerda ni el poste cambian sus dimensiones, pero el elefante alcanza un tamaño tal que podría liberarse fácilmente de sus ataduras, sin embargo ya no hace esfuerzos, como lo intentó tanto y falló, deja de probarlo convencido de que se encuentra atrapado. Ese elefante, enorme y poderoso, no escapa porque cree que no puede.

Como aquel elefante: ¿A cuántas estacas estamos nosotros atados? ¿A cuántas delgadas amarras nos anudamos durante nuestra vida?...¿cuánta libertad nos restan, cuánta felicidad nos roban?... ¿De qué somos prisioneros, cuál es nuestro carcelero, quién tiene las llaves de nuestra celda?

 

El hombre ha sido creado en libertad, ya Aristóteles lo decía: "La libertad no es más que la tendencia  natural del hombre que lo conduce a ser feliz", o dicho de otra forma por Teilhard de Chardan, "la libertad es la facultad puesta en manos del ser humano para llegar por sí mismo a ser lo que realmente es". Sin embargo, para alcanzarla debe necesariamente liberarse de su más oscuro calabozo, el que no está tras las rejas sino que en su propia mente.

 

Cual paradoja, se puede ser el más libre de todos los hombres aun estando en prisión. De eso han dado testimonio muchos en la historia: Mandela, Walesa, el sacerdote Nguyen van Thuan (ver recuadro) y quizás el más emblemático; Victor Frankl. ¿Qué han tenido en común estos personajes que aun encerrados entre rejas han podido vivir la libertad que muchos en el mundo añoramos a experimentar?

 

Ellos y muchos otros han roto los barrotes de su prisión con su espíritu, han encontrado las llaves de su celda dentro de sí mismos. Frankl decía que la última de las libertades humanas, aquella que no se puede arrebatar con nada,  es la elección de la actitud personal frente al destino para decidir su propio camino. Frankl preso de los horrores de la Alemania Nazi, encerrado durante tres años en 4 campos de concentración, pudo sobrevivir a la degradación, a la indignidad, al dolor profundo, al hambre, a la enfermedad, a la  pérdida de todos sus seres queridos.

 

El número 119.104 era el que identificaba a este hombre que había perdido todo menos su libertad interior. Él podía elegir cuál era la actitud frente a esa determinada situación y eso lo convertía en un hombre libre. Es así como decide no morir y para eso lo primero que hace es contactarse con su interior y darle un sentido a lo que estaba viviendo, ponerse un propósito y avanzar hacia él. Frankl dice que una de las cosas más importantes que lo mantuvieron vivo fue la determinación de terminar su obra "psicoanálisis y existencialismo", ese libro le salvó la vida. Mientras vivía todas las atrocidades imaginables, este siquiatra estudiaba el comportamiento del ser humano en situaciones límite, lo que le permitió descubrir la "Logoterapia", una  terapia centrada en el sentido de la vida.

 

"Siempre soy libre, aun en prisión. Mis pensamientos, mis sueños y mis aspiraciones no pueden ser destruidos materialmente", decía Lech Walesa. Nelson Mandela, en tanto, en sus 27 años de prisión en penosas condiciones, reflexionaba: "La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario".

 

La libertad entonces se presenta como la posibilidad de no estar determinado en cualquier circunstancia, sino que la opción de poder inclinarse hacia una predeterminación interna que nos permite avanzar y ser más. Es entonces la mente la  que, en definitiva, enajena la libertad del hombre. Es nuestra manera tradicional de sentir y de pensar lo que muchas veces nos mantiene presos. Los miedos, el apego a las cosas y a las ideas nos ciega. Las creencias, los paradigmas, los prejuicios, el culto a la imagen son nuestro calabozo.

 

Raúl Herrera, consultor de la empresa Gestión Holísitca, comparte con Desafío su experiencia que da muchas luces al respecto:  "Siento que la libertad es poder elegir dentro de las opciones que tengo en cada momento determinado de mi vida. Unos meses atrás me diagnosticaron cáncer y me dieron entre 3 y 6 meses de vida. Por cierto que hoy no puedo elegir si quiero o no quiero tenerlo, pero sí puedo decidir sobre cuáles son mis cursos de acción y en ese sentido soy libre y así lo he experimentado. He decidido seguir trabajando porque es lo que me gusta, he decidido por la calidad de vida en vez de la cantidad y en ese sentido también he manejado el tema de las quimioterapias. He decidido dedicarme a lo que más me gusta y vivir esta enfermedad en plena paz, por eso que no me importa contarla a los demás".

 

Creencias que limitan

 

Entonces para ser libre no importa dónde estas sino cómo eliges estar. Andrés Wiche, consultor independiente, explica: "Yo he mirado la vida desde una condición victimizada, porque en algún momento me sentí inferior y entonces el mundo se convirtió en mi enemigo y cualquiera era una eventual contrincante que me podía atacar, perjudicar, etc... Le tomé cierto cariño a mi mirada victimizada de las cosas porque en algún momento me salvó, me ayudó a sobrevivir, en algún minuto de niño la necesité. Pero es como un zapato chino que al final te limita y no comprendes por qué lo sigues usando si ya pasó el peligro. El darme cuenta de que esto no es más que una creencia que me condiciona y comprender que puedo salirme de ella si saco el "piloto automático de mi vida" es lo que me ha permitido sentirme de verdad libre".

 

Es que nuestras creencias son ciertos anteojos con los que miramos la vida y cuando somos inconscientes de ellas nos limitan a vivir de una determinada manera, aun sin desearlo. Nuestras creencias acerca de nosotros mismos y el mundo son como un auto que sólo nos permite ir en ciertas direcciones. Veamos un buen ejemplo: En 1954 Roger Banister se convirtió en el primer atleta en correr una milla en menos de 4 minutos (3 minutos 59,4 segundos), batiendo así un récord que se había intentado romper por más de 100 años. En ese entonces, los científicos y médicos decían que conseguir esa hazaña era humanamente imposible. En el lapso de 7 meses de batido este récord, otros 37 atletas consiguieron romper también con la barrera de los 4 minutos, y en los siguientes 3 años lo hicieron otros 300. Esto nos permite darnos claramente cuenta de cómo lo que creemos de nosotros mismos y lo que otros creen de nosotros puede limitar nuestra vida y nuestras posibilidades.

 

Es importante reconocer entonces que todos tenemos nuestro propio registro de creencias que nos restan libertad, y en este punto es bueno detenerse y reflexionar sobre todos aquellos pensamientos que no nos dejan desplegar nuestro potencial, que no nos dejan ser lo que realmente estamos llamados a ser y que van frenando en forma permanente lo que nuestro corazón nos pide.

 

Además de estas creencias limitantes, también contamos con otros carceleros interiores, nuestros temores, que se encargan de paralizarnos y obstruyen nuestros movimientos, éstos muchas veces son aún más pesados que los grillos amarrados a los pies de los prisioneros. Ellos se alimentan de nuestros propios pensamientos y han crecido junto con nosotros para hacernos sentir poco valorados y amados. "El temor al error es lo que nos quita más libertad. Vivimos siempre preocupados de decir la alternativa correcta, de no equivocarnos jamás. Sin embargo, nuestro crecimiento no puede, desde ningún punto de vista, evitar nuestra posibilidad de error. Cuando lo quieres eliminar de la vida, matas la creatividad, porque la creatividad es un arrojo. Cualquier camino nuevo tiene en su germen el error y eso hay que aceptarlo. Para vivir en libertad y entusiasmo es necesario atreverse a incluir el error en nuestra vida, sin ello no hay perdón", explica Andrea Brandes, quien conoce del tema porque desde hace más de 5 años hace clases de poesía en la cárcel de Alta Seguridad (CAS) de Santiago.

 

Otras prisiones

 

Son diversas las cosas que nos hacen prisioneros, son varias las cuerdas que nos atan como a ese elefante, son bastantes los postes que nos mantienen apresados. "Hay muchas cosas que yo puedo revisar hoy y que a lo largo de mi vida se han ido transformando en prisiones, explica Ricardo Halabí, abogado. Mi formación cristiana es una de ellas, aquella que con rigor me enseñó que  para ser más pleno y bueno hay que vivir para los demás y donar la vida, perdiendo muchas veces la posibilidad de preocuparme de mí mismo. Mi formación ideológica, que me ha hecho convertirme a veces en sectario. El hecho de ser parte de un Partido Político donde a menudo prevalece la orden de partido por sobre el discernimiento personal. Mis heridas de niño también me hacen prisionero constantemente. Los secretos o dolores no confesados me hacen esclavo y me restan libertad".

 

Felipe de Mussy, co fundador de Crece Chile, agrega otras situaciones que lo atan. "A mí me hacen sentir prisionero las reglas de juego  con las que elegimos jugar. Estamos con mi mujer esperando nuestro primer hijo y siento que tengo que meterme, casi obligatoriamente, en un sistema que no me gusta: Isapre, clínica, auto, etc. Viví un año en África, partí solo con una mochila y la sencillez de esa vida me hizo totalmente libre".

 

Otras prisiones están también en el plano de nuestras ideas, así lo explica Gustavo Donoso, director de la Fundación Cristo Vive. "Lo que más me quitó por muchos años la libertad fue un resentimiento social que me hizo ir en búsqueda casi ciega de la justicia. Hoy me doy cuenta de que en ese proceso estuve enajenado, porque estigmaticé, juzgué y no pude ver. Ahora, cuando me acerco a quienes juzgué veo cuánto me encerré en mi propia cárcel, y en el contacto con ellos vuelvo a sentirme completamente libre". A lo anterior,  Andrés Pica, asesor financiero, agrega:  "La verdad es lo que más me cuesta en la vida y es quizá mi primera entrada a la libertad: ejercer esa opción es un símbolo de libertad, para eso debo partir reconociendo lo que yo soy".

 

¿Dónde buscar las llaves?

 

¿Dónde encontrar entonces las llaves para abrir tantas prisiones que nos atan como personas? ¿Cómo desatar esa cuerda que nos mantiene inmóviles? ¿Cómo abrir el candado de esas rejas imaginarias? ¿Cómo derribar los muros de esas estrechas paredes que nos mantienen encerrados?

 

Para no estar amarrados a los miedos, las creencias, los prejuicios, las ideas; para ejercer la libertad y no estar determinado por las circunstancia, el camino que irremediablemente hay que recorrer es el camino interior. "Conócete a ti mismo" eran las palabras que aparecían inscritas  en la entrada del  templo de Apolo en Delfos, sede del oráculo sagrado que los griegos visitaban con la esperanza de descubrir lo que les deparaba el destino o cómo debían actuar en alguna situación determinada. Quizá muchos de ellos no reparaban que antes de encontrar cualquier respuesta, la primera y la primordial de las preguntas es: ¿quién soy yo?

 

Y la respuesta no tiene que ver con el rol que desempeñamos en el mundo, sino que con nuestra esencia más íntima. Casi todos nos equivocamos y creemos  que somos lo que hacemos o  lo que pensamos, pero el pensamiento es el contenido de la mente y está condicionado por  nuestra historia y repleto de patrones reactivos repetitivos y persistentes. Cuando definimos quiénes somos generalmente estamos pensando en nuestro ego, quien se apodera de nosotros e incluso parece ser nosotros. El ego es toda aquella construcción mental que hemos elaborado de nosotros mismos para poder vivir, las historias que nos hemos contados, los papeles que representamos, los roles que hemos adoptado, los resentimientos acumulados, las ideas sobre nosotros, etc.  Pero, definitivamente, eso no es lo que somos, para descubrirlo es menester hacer silencio interior, acallar nuestro ruido interno.

 

La única forma de vivir en libertad y no ser presos de nuestros apegos materiales y emocionales es estando despiertos y conscientes. Pero la conciencia sólo existe en un eterno presente, la conciencia no está puesta ni en el pasado ni en el futuro, sino que en la mirada alerta de lo que está sucediendo ahora. Solamente la presencia puede librarnos del ego y sólo podemos estar presentes, aunque parezca redundante, en el presente.

 

Esta conciencia o presencia es un estado de amplitud interna, es estar quietos alertas y  abiertos a lo que viene. Podemos escuchar y ver con claridad. Esa presencia es la que nos permite en un instante reaccionar o quedarnos tranquilos, es la que nos permite no entrar en nuestros condicionamientos habituales y darnos cuenta de esas creencias que nos limitan. Si la voz de la mente absorbe la mayor parte de la atención, no habrá espacio posible para la presencia y seguiremos en nuestras cárceles. Si la voz de la mente inunda e interrumpe permanentemente nuestra vida y nos conduce al lugar que ella quiere, no seremos nunca libres.

 

Como seres humanos estamos llamados a despertar esa conciencia, a vivir en presencia. Para lograrlo se necesita un proceso que se produce gradualmente en el cual se avanza, pero también se retrocede.  El punto inicial tiene relación con el momento que decidimos no pasar la vida perdidos en nuestros pensamientos, juicios, prejuicios, ideas, creencias, dogmas, etc., sino que reconocemos que podemos separarnos de ellos, que podemos observarlos y luego, siendo testigos, recién entonces actuar.

 

Cuando logramos que esto suceda en nuestra vida cotidiana estamos a un paso de apoderarnos de la llave más importante de nuestra prisión, estamos cerca de romper las amarras y arrancar la estaca que nos ata a nuestras creencias como un elefante pequeño, cuando en realidad somos grandes y libres en nuestras potencialidades.

 

Vivir conscientemente nos permite entonces darnos cuenta de que podemos elegir entre alegría o tristeza, placer o dolor, miedo o liberación. Porque la mayor parte de las veces las circunstancias no son determinantes de nuestro grado de libertad, porque la mayor parte de las veces somos nosotros nuestros propios verdugos y carceleros.

 

Cuando estamos conscientes, cuando vivimos en el presente, podemos acercarnos a nuestra verdad interior y apartarnos de la esclavitud del ego. Es entonces cuando podemos experimentar el enorme don que es la libertad, entender que  las cadenas sólo pueden atar las manos del hombre, y es en su mente donde se guarda la llave de su prisión, como también donde reside el secreto de su liberación.

 

Ver artículo completo en revista Desafío Nº82, junio del 2011. Si no está suscrito, háganlo gratuitamente aquí.