| Hacia una religiosidad ecuménica: para qué vivir tan separados... |
| Escrito por Claudio Pereda Madrid | |||||||
| Miércoles, 17 de Diciembre de 2008 01:21 | |||||||
Pág. 1 de 5
Cismas y reformas marcaron la separación de la tradición cristisna. Diez siglos después existe la posibilidad de desarrollar "lugares de encuentro" que potencien sus respectivas vocaciones de comunión. Si se quisiera ser bien abierto con el concepto, el ecumenismo podría estar presente en muchos de los debates del mundo de hoy. Uno muy en boga, por ejemplo, se da en el mundo de los medios de comunicación masiva y de la forma en que éstos están siendo comprendidos o apropiados por las audiencias: se habla de la "cultura de la convergencia". Y, en rigor, esa idea podría servir también perfectamente para resumir qué se entiende por experiencia ecuménica. La palabra nace del griego y su etimología es bastante clarificadora y, por demás, poética: oikén (que significa habitar) y oikós (que significa casa). Es decir, la imagen que la propia palabra entrega invita a una amplia casa en que todos pueden habitar. La labor ecuménica marca ahí su mayor impacto y, en ese sentido, la fe en Cristo surge como el principal elemento en común. Esta gran casa en la que se habita, se está llenando cada vez más de entusiastas que día a día llevan adelante actividades que los ponen en vital contacto, enriqueciendo con ello la práctica religiosa. Se trata de una ?cultura de la convergencia? que está dando muchos frutos y que indica que en pleno siglo XXI la clave es entender al otro como un espejo frente al cual mirarse sin miedo y no como un enemigo del cual escapar.
"Confortaos mutuamente..." La necesidad del ecumenismo surge luego de las separaciones históricas que se producen en el seno de la iglesia Católica en el siglo XI, con el gran cisma de Oriente que dio origen a la iglesia Ortodoxa, y en el siglo XVI, con las reformas que dieron lugar a diversas comunidades como la luterana y la anglicana y sus posteriores subdivisiones. Junto a estas iglesias, conocidas como ?establecidas?, surgieron también otras llamadas ?libres?, grupos espontáneos que se han diversificado de las experiencias evangélicas, como los bautistas y los metodistas. Si bien cada iglesia se plantea como ?verdadera?, lo cierto es que la modernidad y la voluntad de muchos religiosos ha llevado con los años a que varias de estas expresiones de fe se encuentren en el compartir sus verdades, comprendiendo que en ese ejercicio se fortalecen más. El propio Concilio Vaticano II se cuida de señalar, por ejemplo, que ?la iglesia de Cristo subsiste en la iglesia católica? y no que ?es? la iglesia católica. Con ese matiz, se dio luz a un importante espacio para la vida eclesial de las otras comunidades religiosas: ?Las partes desprendidas de una roca aurífera, son también auríferas?, dice el texto. De alguna forma el prisma se pone para observar lo que las religiones son y no lo que no son. Todas acercan a Dios, dentro del espíritu de Cristo. Es lo que alimenta la vida en comunidad, estimulada por el propio Evangelio: ?Confortaos mutuamente y edificaos los unos a los otros?, como dice San Pablo. Ecumenismo en griego, es decir, oikoumene, era utilizado por los escritores clásicos como antónimo de los espacios donde no se sabía quiénes eran sus habitantes. La dinámica ecuménica ha tendido permanentemente a la unidad en la obra cristiana. El Concilio Mundial de Iglesias, surgido en 1948, subraya que busca el punto de encuentro de todos los creyentes en Cristo, ?trascendiendo las diferencias de credo, liturgia y forma eclesial?. Es una lógica que ya viene desde la primera década de 1900. |